39. Doble check.

 

Vacaciones

Desperté de  mi ensoñación con su: “Habrá que irse ¿no?”. Así que de vuelta al coche y rumbo a casa.

Aún no me había dejado en mi portal y yo ya estaba imaginándome como sería nuestro siguiente encuentro. Tendríamos que hacer realidad eso de “pasar la noche”. ¿Cuándo coincidiremos de nuevo? ¿Me lo propondrá él? A unas malas, tendríamos que esperar dos semanas, para que yo descansase un domingo, ya que Mao los descansa todos, suertudo él.

Dos semanas. Bien. Aguanto. Aunque me va a costar. Una parte de mi quiere que todo suceda ya, porque soy un pelín impaciente, (y porque Mao me vuelve loca), pero otra, está sorprendida e ilusionada, por sentir, que por una vez, un chico quiere ir despacio conmigo, conocerme, a mí, como persona, mi interior. Es pensarlo y se me dibuja una sonrisa en la cara. Esto solo suele darse una vez cada… ¿4 años? Los planetas parecen haberse alineado y la luna debe estar en creciente. Porque esto en mí, no es normal y por lo que me cuentan mis amigas, en estos tiempos que corren, no se da, en general.

¿Alguna más siente que nació en el siglo equivocado? Tampoco es que busque yo un romance digno de admirar por todos, pero sí que se paren a conocerme un poquito y que tengan interés en saber los pequeños detalles que me hacen ser como soy, (y no solo por llevarme a la cama). Aunque luego se espanten por esos mismos detallitos. Llegados a ese punto, ya me las arreglaré como pueda, pero como hasta el momento ninguno se queda a descubrirlos… yo tranquila.

Vuelvo a Mao. Nos despedimos entre besos, como iba siendo costumbre, pero esta vez, en lugar de concretar nuestro primer encuentro, me sorprendió con un:

-“Hablamos”.

Que no cunda el pánico. Que no haya concretado próxima cita no quiere decir, que no vayamos a vernos pronto. Hemos pasado todo el día juntos, hemos estado bien y me ha dicho que le hubiese gustado pasar la noche conmigo. Que viene a ser lo mismo a decir que le ha sabido a poco el día. Según mi traducción y basándome única y exclusivamente en sus palabras. No he traducido los actos, esta vez, para no hacerme un lio, (más grande del que ya tengo). Todo esto, no os lo explico a vosotros. Me lo desmenuzo a mí. Necesito tener un poco de tranquilidad mental, para no volverme más loca. Le gusto. Me lo ha dicho. Relax. Dejemos pasar las horas.

Y las dejé pasar, pero tampoco mucho, porque me escribió al llegar a casa. Así se relaja una antes. Lo sé, soy un poquito intensa, pero a estas alturas no voy a justificarme. Cuando me gusta el chico, todo el drama sale a la luz.

He estado muy a gusto.

-Y yo. Hice bien en aceptar.

-Me alegro de que lo hicieras. Pero la próxima vez, con más tiempo.

-Hecho.

Dormí, con la misma sonrisa dibujada que el día que lo conocí. Me hacía estar feliz, incluso cuando no estaba. Pensarlo era suficiente.

A veces, tengo la necesidad de hacer un doble mortal mientras camino, y aterrizar dejándome las muñecas, por no dejarme las paletas, que para mí sería mucho peor. Y eso fue lo que me sucedió, un par de días después de mi encuentro con Mao. Sufrí un accidente laboral. Conmigo misma. Y contra el suelo. Nada grave. Más aparatoso que otra cosa. Pero acabé en urgencias y con un brazo vendado hasta el codo. En el trayecto al hospital, Mao me escribió y le conté que pasaba.

¿Quieres que vaya?

-No te preocupes. Seguro que esto va para largo y en realidad no es nada. (En realidad si quería que viniese y me abrazase. A mí y a mi torpeza).

No quiero que estés sola ahí.

-Mañana te levantas temprano. No vengas. Yo te aviso en cuanto me digan algo.

Y aquí si pensé en él. No le decía que no, queriendo decir que  sí viniese. Sabía que no tenía nada roto. Me he caído más veces de las que me gustaría, porque el día que se repartió la habilidad de ser ágil, yo estaba haciendo la cola, por segunda vez, en el mostrador de ser intenso. Tampoco había necesidad de que hiciese el esfuerzo de salir de casa, cuando ya estaba metido en la cama, presuntamente (esta es una de mis palabras favoritas, por si aún no lo habéis notado), para venir a esperar conmigo en una sala de urgencias. Aunque hubiese sido un detalle por su parte, que yo hubiera interpretado como amor eterno.

Salí de allí, con mi bracito vendado y calmantes para dormir a un hipopótamo e informé a Mao sobre mi diagnóstico.

Bueno, descansa y ya me contarás más tranquila como ha pasado todo.

-Claro, ya te cuento. Voy a dormir, que me duelen hasta las pestañas. Te mando un beso.

Me dormí sin leer la contestación de Mao. Los calmantes hicieron efecto más pronto que tarde, así que a la mañana siguiente, lo primero que hice al despertarme fue mirar mi teléfono. Esperanzada.

Mao no había leído lo último que le escribí. Bueno, quizá él también se había quedado dormido. Aún es temprano. Esperaré a que se despierte. Volví a dormirme, aun dolorida por la caída. Un par de horas después, volví a hacer el mismo ritual, pero ya había cambiado algo. Mao había leído mi mensaje. Doble check. Azul. Quizá se ha despertado con el tiempo justo para ir a trabajar y no ha tenido tiempo de contestarme. Démosle más tiempo. Y el tiempo pasó y Mao no dio señales de vida. Anoche no me leyó, sabiendo que venia del hospital, que me encontraba mal, hoy, que me lee, ¿no es capaz de sacar 1 minuto de su día, para preguntarme cómo estoy? ¿Qué está pasando? ¿Ha perdido el móvil? Sabría cómo localizarme. Solo tendría que venir a mi lugar de trabajo, o a mi casa. Pero no ha perdido el móvil, Mao está conectado y yo mantengo la esperanza de que sea ahora cuando, al fin, me pregunte como estoy. Pero no. No lo hace.

¿Por qué no le hablo yo? Cualquier otro día lo haría, pero joder, estoy mal, lo sabe y ¿no le preocupa? Ayer me quería acompañar al hospital, no quería que estuviese sola y ¿ahora desaparece? Entre lo dolorida que estoy por fuera y lo que empiezo a estarlo por dentro, doy el día por finalizado.

A la mañana siguiente, ya os lo podéis imaginar: miro el teléfono, esperando noticias de Mao y las hay señoras, las hay. Mao, el anti redes sociales, porque no le gusta mostrar cada paso que da al mundo, ha decidido publicar una foto en su estado de WhatsApp. Y yo, con mi ansiedad, no tardo ni media hora en entrar a verla.

Descripción de la estampa: foto de un atardecer en una playa.

Título: Relaxxxxxx

¿Qué cojo…?

No entiendo nada. Han pasado dos días. Sigue sin dar señales. Pero esta relajado. Me parece una tomadura de pelo. No sé qué broma macabra es esta o sí la caída le ha causado una amnesia postraumática a él en lugar de a mí. Lloro. Sí. Y no me avergüenza reconocerlo, porque a él no le avergüenza  ser “un mierda”. Perdón por la expresión, pero es que ese “relaxxxx” suyo hizo que saliese lo peor de mí. Y ¿qué hice? Nada. Sé que muchas no me vais a entender. Quizá ninguna. Menos Bea, que siempre me dice que cuando un chico no te habla es que no le interesas y en ese caso es mejor no hacer nada. Y eso hice. Nada. Podría no contestarme o no decirme la verdad o excusarse y yo creerlo. No hice nada por protegerme. Sabía que Mao me gustaba y mucho. Le había dado el poder de hacerme daño por ello. Me había abierto a él, había confiado y una vez más, él chico en cuestión, había desaparecido como por arte de magia. Sin explicación. Sin respuestas. ¿Tan difícil era preguntarme cómo estaba, ser cordial y decirme que no quería seguir conociéndome? Hubiese dolido, sí. Pero al menos no tendría este nudo en el estómago por no saber que hice mal. Porque para variar me culpo y me cuestiono. Cuando él está relax. Que suerte tienen algunos. Ni sienten ni padecen. Ya siento yo, por los dos.

Los días siguieron pasando. Él, siguió sin aparecer y yo, terminé de entender, que a Mao no le interesaba. Todas las palabras, los recuerdos… Simplemente eran eso, recuerdos.

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38. Desvelando misterios

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Continuación…

-¿Me dices ya de qué se trata?

-La próxima semana, coincidimos en el día de descanso. ¿Qué te parece si cogemos el coche y hacemos una escapada? Podemos salir temprano y aprovechar todo el día juntos. Nos daría tiempo a conocernos algo más. Yo conduzco. Tú elijes lugar.

Según iba hablando, mi cabeza pensaba en pararlo para decirle ¡SI, QUIERO! Pero me mantuve cauta. Por primera vez, en años, y simplemente le contesté:

-Está bien. Lo pensaré.

-Claro, pero espero que me digas que sí.

Nos despedimos con un tierno beso y a los dos días, que fue cuando me preguntó si tenía una respuesta, le dije que me parecía bien. Bien, por no decir: ¡casémonos!

3 días después, estaba yo, a las 9 de la mañana, con mi modelito, previamente estudiado, esperando a que me recogiese. Llegó tarde. Una media hora. Mal. Muy mal. Me gusta demasiado dormir como para que me hagan madrugar y luego lleguen tarde. Aunque sea Mao.

Cuando llega, se me pasa un poco. El blanco, le queda demasiado bien y después de un par de sonrisas, no tengo ni sueño. Que débil soy cuando me ponen a un guapo delante.

Vamos a pasar el día en Tarifa. Buenas playas, buena comida, buen ambiente. Por el camino, hablamos poco, Pero no me molesta el silencio. Eso es buena señal, en mi caso. ¿Le molestará a él?

Por otra parte, pienso que si al final pasamos tiempo juntos, pero no hablamos, difícilmente nos conoceremos más. Lo de estar en silencio, no me molesta pero me da para pensar y eso, ya sabéis que no trae nada bueno.

Llegamos finalmente a Tarifa y nos dirigimos a un  chiringuito. Hacemos una reserva para almorzar, y nos tomamos la primera cervecita al sol. ¡Que a gusto chico! ¡Que me traigan otra!

El día pasó entre, tomar el sol, beber mojitos, comer una paella bien rica y pringarme de amarillo el top blanco, que había decidido ponerme. Que me conozca desde el principio. Con la blusa siempre del color del almuerzo. Real. Torpe. Y glotona.

También, entre baño y baño, hubo acercamiento. Sino, ¿para que iba yo a ir a la playa con el chico que me gusta? ¡Ay que piso un alga! (y aprovecho para subirme encima de ti un rato) ¡Ay que fría! (y voy y te salpico, para que me salpiques y juguemos un rato) y así, hasta que se nos arrugaban los deditos y decíamos de salir un rato del mar. Vale. Lo decía él. A mí las arrugas, en ese caso, me importaban bien poco.

A eso de las 5 de la tarde…

-Deberíamos volver.

-Vale. Como quieras (mi gozo en un pozo).

-Es por si cogemos caravana y llegamos muy tarde a casa. Como mañana trabajamos temprano ambos.

Mi cara ha debido de expresar lo que pienso y agradezco su explicación.

Una vez en el coche….

El: -¿Hacemos una parada?

-¿Una parada?

-Como no hay mucho tráfico, podíamos parar a merendar en el próximo pueblo.

-Merendemos.

Este chico, me gana con sus proposiciones. Creo que no me habré negado a una merienda jamás. Y para ser sincera, habría aceptado parar hasta por acariciar gansos. La cosa era alargar la cita.

Llegamos al pueblo y dimos un paseo, agarrados de la mano. Esa mano. Me hacía incluso olvidar la arenilla que llevaba pegada entre los dedos de los pies.

Finalmente, entramos en una cafetería y pedimos dos cafés y un crep para compartir. Me pareció romántico el gesto, aunque no soy de compartir mi ración de nutella. Ahora llevo amarillo y marrón en el top. Me suelto el pelo, para intentar disimularlo. Así lo distraeré con la maraña que es mi melena salada.

La cafetería era muy coqueta, todo muy blanco y con cojincitos. Estabamos muy cómodos, en todos los sentidos y eso, se notaba.  No paró de contarme cosas sobre él, sobre sus gustos y aficiones. Le gustaba dibujar y leer. Como esto último lo compartimos, hablamos sobre libros y quedamos en que nos intercambiaríamos alguno. Yo ya pensaba en meterle algún post-it con un mensajito moñas en alguno de ellos. Más adelante. En el tercer o cuarto libro intercambiado. Dependiendo del grosor.

Él: -Que pena que mañana trabajemos temprano. Me quedaría a pasar la noche aquí, contigo. No me quiero ir.

Y ahí, en ese sofá de palés blancos, terminé de convencerme. Había conocido a mi futuro marido.

37. Acumulando misterios (y otras cosas).

5 minutos después, ahí estaba él. Lo esperé, sí. Estaba frita. Así que, ¿para qué posponerlo, si no quería que desapareciera de nuevo?

Me llevó a casa, y una vez en mi portal, (cuánto ha visto esa puerta) estuvimos hablando un buen rato. Trabajo, estudios y alguna que otra anécdota. No estaba yendo nada mal, hasta que empezó a ir mejor.

-Perdóname, pero es que ya no aguanto más.

Y me besó. Esa frase fue suya, aunque podría haber sido perfectamente mía.

Beso notable, pero no intentó nada más.

-Quiero una cita.

Yo quiero “hacerlo”, y una cita.

Pero por lo que percibo de él, parece que lo de “hacerlo”, desgraciadamente, va a tener que esperar.

Acordamos un día para vernos y nos despedimos, con unos besos más.

Esa noche, me dormí con una sonrisa en la boca. Y cuando desperté, aún seguía ahí. Qué tontería, pero que felicidad. Estaba contenta.

Habíamos acordado, que nos verías el próximo jueves. Era mi día de descanso, así que aprovecharíamos para ir a tomar algo. Los días previos, hablamos, pero tampoco gran cosa. No parecíamos coincidir mucho en horarios, pero siempre sacaba un ratito antes de dormir para preguntarme como me había ido el día. Y a mí ese detalle, me gustaba. Más incluso, que estar todo el día al teléfono pegados.

El miércoles, me dijo que le apetecía mucho verme y que tenía ganas de que se produjera nuestro encuentro. Aunque para ganas, las mías.

Y el jueves llegó. Cada vez que lo veía, me parecía más guapo que la vez anterior. Realmente guapo. Pero no solo era belleza. El chico, parecía muy sensato. Me habló de sus relaciones pasadas. Había sufrido, pero ya estaba preparado para afrontar otra relación. Quería conocer a alguien, enserio. Centrarse en esa persona e ir poco a poco, descubriéndola. Su discurso, era tan encantador como él, pero tuve que romper su burbuja.

-¿Esto es real?

-¿Cómo que si es real?

-Este discurso del amor y de las relaciones, lo he escuchado antes. Dices que sabes lo que quieres. Algo que te dé estabilidad y con exclusividad. ¿Es real o me estás vendiendo una moto?

-¿Por qué dices eso?

-Porque he comprado muchas.

-Si te lo digo, es porque lo pienso de verdad.

Se mostró sorprendido ante mi pregunta e incluso un poco desconcertado. No sé si es que no vive en mí mismo siglo, o es que tengo, de repente, muy buena suerte en el amor. O en lo que sea que me pase con los chicos.

Después de tomar algo, dimos un paseo, me cogió la mano, y me besó suavemente. ¿Cómo podía ser tan mono? Parecía creado por Federico Moccia y la realmente sorprendida, ahora, era yo. Esa noche, tampoco intentó que pasase nada más. Y yo, que había comprado hasta ropa interior nueva…

Antes de despedirnos me propuso algo.

-Te quiero proponer algo. Puedes decirme que no, pero no quiero que lo hagas ahora. Quiero proponértelo y que te tomes unos días y lo pienses.

-¿Me dices ya de qué se trata?

36. Entre un misterio y otro.

Me gusta esta lluvia.

Y ahí estaba. El chico de la camisa de cuello mao. No sé si os acordáis, pero cuando Andrés se marchó de viaje, creí enamorarme repentinamente, de un cliente.

Había podido pasar un mes, desde nuestro encuentro. Él no había vuelto por la tienda, al menos en mi turno, y yo creí, que no volveríamos a cruzarnos jamás. Era tan guapo como recordaba, aunque esta vez, sin cuello mao. Su camisa rosa, su pelo revuelto y sus ojos verdes, me estaban pidiendo a gritos una “caidita”. O varias.

Así que, aprovechando que mis amigas Bea y Aurora, fueron al baño, me acerqué estratégicamente a donde se encontraba él.

Estábamos a escasos 2 metros. Él con 3 amigos más y yo, con Rubi, que viene a ser como una versión de mí, más joven, y en rubia. Ya le había hablado de él, así que poco bastó. Se puso estratégicamente colocada, y yo quedé, mirando hacia él.

Lo que sigue, lo sabéis. Caidita, más caidita y más caidita. Tardó en venir, el tiempo que tardaron Bea y Aurora en volver del baño. Y al hacerlo de esta forma, pensé que se acercaba porque alguna de ellas le gustaba. Pronto, dejaría de tener esa duda.

-¡Hola!

-Hola.

-¿No eres de aquí, verdad?

Ole yo. Soy tan inolvidable, que no recuerda haberme visto y mucho menos, haber hablado conmigo. ¿Tanto me cambia, el uniforme de trabajo?

-Pues te equivocas, sí que soy de aquí. ¿Tú?

-No me lo creo, no me suenas nada. Además, ese bronceado que tienes, no puede ser de aquí.

No le sueno. Ni un aire. ¡Qué bien! Al menos, estoy morena.

-Una, que se broncea y eso en agosto.

Lo siguiente fue que me preguntase mi nombre y me dijese el suyo. Andrés. No es una broma, no. Ambos tenían el mismo nombre. No iba a equivocarme, desde luego. Pero para que no os liéis vosotros, le llamaré Mao.

Mis amigas querían cambiar de bar y esta vez, tenía que asegurarme de no perderle la pista a Mao. Así que me acerqué y le pedí su número de teléfono. Sin pensarlo. Sin dudar. Él también se aseguró de tener el mío.

Antes de que acabara la noche, coincidimos en otro bar y la cercanía entre los dos, era evidente.  Pero mis amigas, de nuevo, quisieron cambiar de bar. ¡Se salvan porque las quiero! Así que me despedí y quedó en escribirme. Si no lo hacía él, lo haría yo. Pero ahí no acabó la noche.

Cuando iba de camino a la parada de taxis, recibí un mensaje. Sí, de Mao.

-“¿Ya en casa”?

-“De camino a coger un taxi.

-Si me das 5 minutos, estoy ahí.

¿Se los doy o me hago la dura? ¿Qué creéis que hice?

35. Resolviendo misterios.

¿Que si no lo he echado de menos? Que equivocadito. Y como en ese momento me pilla tan por sorpresa se lo suelto, tal cual.

-Pues la verdad es que sí, para qué te voy a mentir.

Se ríe a carcajadas, encantado. Yo, intentando normalizar mi confesión empiezo a contarle que se ha notado la bajada de plantilla, que tuvimos muchos clientes, y que se ha perdido unos días muy intensos en la tienda. Y en mi defensa, os diré, que todo eso, era verdad.

Ese día trabajé tan a gusto. Lo cierto es que su compañía en la tienda hacía que las horas se me pasasen volando y que ir a trabajar no fuese en absoluto trabajoso.

Al día siguiente, empezó a seguirme en redes. ¿Podía hacerme más ilusión? Como una adolescente me sentía.

Parecía que todo, pasito a pasito, iba tomando forma. O eso pensaba yo, hasta que una de nuestras compañeras, le preguntó a mi Andrés, por lo bajini, sobre nuestro tonteo. De esto, que estoy en el lugar correcto, en el momento indicado. Y escucho:

-¿Tu que vienes aquí a trabajar o a tontear?

-Pero si yo tengo novia.

Un ratito me tuve que quedar, en el probador en el que estaba, para poder quitar la cara de estupefacción.

¿Me explica este chico a qué estaba jugando?¿por eso no me había pedido el teléfono? Con razón. Me siento timada. Pero ahora saldré del probador, con una sonrisa y muy digna. ¡Como si nada!

Me resultó imposible estar con él, como hasta el momento. No me salía picarlo cada vez que nos cruzábamos, y él, lógicamente, se dio cuenta.

-Que calladita estás.

-¿Te aburres?

-La verdad es que si.

-¡Que pena!

Y me voy, que no soy su entretenimiento de por las tardes. Aunque lo haya sido hasta el momento.

Pero me busca y me busca. ¡A ver si lo de la novia va a ser mentira!Mis ganas…

Tengo que salir a superar la noticia. Pero menuda sorpresita me llevo a escasos minutos de llegar al lugar elegido, para comenzar la fiesta.

¿Quién está ahí? ¿Realmente es él?¿ Y ahora qué?

34. El chico misterioso.

Hola !!!!

Soy de las que va a trabajar por las mañanas pensando, que encontrará al amor de su vida. Aunque esto, más bien me pasa cada vez que salgo a la calle. ¿Me encontraré a un nuevo vecino en el portal? ¿Me cruzaré en el supermercado con mi futuro marido? Quien dice marido, dice amante. Llegados a este punto, una es romántica, pero no tanto. Y a mí, una aventurilla…me pierde.

Hasta ahora, no había pasado de tener compañeros emparejados o gays. Hoy, se incorporaban a la plantilla, tres personas nuevas. Iban a pasar el verano con nosotros. Dos meses. Lo justo para enamorarse y que luego no fuera un inconveniente, si salía mal.

Yo, soñaba, con que alguna de ellas, fuera él. Un amor de verano. Aunque  luego, la historia, no tuviese mucho amor.

Dos chicas y un chico. 33,3 por ciento de posibilidades. Ni tan mal.

Cuando llego al trabajo, él ya está allí. Qué puntual. Y guapo. Moreno, alto…mi prototipo. Aunque a veces me lo salte.

Por lo visto, ya había trabajado anteriormente en la tienda, pero no habíamos coincidido. Pregunté qué tal era y todos coincidieron en que era muy callado. Y vaya si tenían razón. Pasó por mi lado en silencio. Ni un “hola” me dijo. Empezamos bien.

Me puse en una zona de la tienda que creí que estaba vacía y a los dos segundos, escucho tras de mí:

-¿Estás tú aquí? Me han dicho, que esta zona es mía.

-¿tú eres?

-Andrés.

-Yo abril, encantada. Y tranquilo Andrés, esta zona es toda tuya. Yo, ya me voy.

Vaya encontronazo. Este Andrés empieza marcando territorio. Guapo y seco como él solo.

Trascurre la jornada de trabajo y no nos volvemos a mirar. Qué bonito el amor. Me ha durado la ensoñación, el tiempo de entrar por la puerta.

Al finalizar, han colgado en los vestuarios, los horarios de todo el verano. ¿Y sabéis con quién compartiré todos los turnos? Con Andrés. Obvio. Yo no quería coincidir. Pues ahí lo llevo. Regalito del destino. Del destino y de mi encargada. Que me va a hacer comerme todos los cierres de julio y agosto.

Él, parece que también se ha dado cuenta. Me mira.

-Vaya Andrés, parece que te vas a hartar de mí.

Y por primera vez, le veo los dientes. Sonríe. Lleva aparato. Y hasta le queda bien. Que no me sonría más, que nos conocemos.

Al día siguiente, vino menos seco. Me saludó. Algo es algo. Y de vez en cuando, venía a comentarme asuntos de la tienda. Todo muy profesional y correcto.

Esos asuntos, fueron pasando a segundo plano y comenzamos a entablar conversaciones más personales. Yo aprovechaba cualquier excusa para meterme con él. Picarlo. Y él parecía estar encantado. El tonteo era evidente. Y así, un día tras otro. Pero nuestro “tira y afloja” duraba, lo que nuestra jornada laboral. No habíamos intercambiado ni teléfonos, ni redes sociales. Aunque yo, ya lo había buscado para investigar, al menos, si tenía pareja. No la tenía. Al menos pública.

Cada día, iba con más ganas a trabajar. Y mi media jornada, se me hacía muy corta. Demasiado. ¿Por qué no le pido su número de teléfono? ¿Por qué no me lo pide el a mí? Ya estamos con los por qué.

Me cuenta, que ha pedido unos días para irse de vacaciones y que se los dan. Que suerte él. Que aburrida me voy a quedar yo. Solo son cinco, pero si se va y no tengo su número, ni lo sigo en redes…me lo voy a perder todo. ¿Lo sigo? No, me espero. Me hago la digna. Aun no sé muy bien por qué.

De sus días de viaje, solo destaco que me enamoré una mañana. Sí, sí. Me enamoré. Real. Platónicamente. No de Andrés. Sino de un cliente.

Vino un chico, unos años mayor que yo. O al menos eso dejaban entrever sus arruguitas. Llevaba una camisa blanca con el cuello mao, unas bermudas beige y unas converse blancas. Moreno, con barbita y ojos azules. Más fiel a mi prototipo que Andrés. Me acerqué, por si necesitaba ayuda. Ya sabéis. Funciones de dependienta.

-¿Qué tal? ¿Necesitas ayuda?

Y la necesitaba. Estuvimos un rato hablando de ropa y de tallas. Al final se llevó una camiseta. Y un trocito de mi corazón. Lo sé. Lo sé. Pero es que era demasiado perfecto.

Me dejó tan  embobada, que me tiré varios días pensando en él. Incluso Andrés, se me olvidó un poco. Lo caprichosa que es la mente. Días pensando en este chico, que ni lo conozco. Solo por guapo. Y porque viste bien. Y porque parecía muy simpático. Y porque no sé qué me pasa que ando tan desesperada últimamente, que hasta yo puedo percibirlo. Pero bueno… mañana vuelve Andrés.

Me he tirado 5 días yendo a trabajar con un moño. Pero para la ocasión, me voy a poner hasta highlighter. Y cuando esa misma tarde llego al trabajo, ahí está él. Ha vuelto antes de lo esperado. Está más moreno y se ha afeitado.

Me sorprendo al verlo y él me sonríe.

-¿tú que haces aquí?

-¿No me has echado de menos?

33.Tarjeta amarilla, roja y expulsión.

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Cambié su contacto en mi teléfono por “el cansino”. Aparecía cada dos meses, como por arte de magia. Ahora, solo podía llamarme, porque lo tenía bloqueado de todas las plataformas habidas y por haber.

Una tarde, contándole esta misma historia a una amiga, mientras tomábamos un café, descubrí algo.

Mi amiga, quería ponerle cara y como había borrado todo rastro de él de mi teléfono, decidí googlearlo. Debía aparecer.

Búsquedas: Axel futbolista, Axel futbolista del (nombre del equipo)…

Nada amigos. Ni en respuestas Yahoo.

Busco, directamente, en la página oficial del equipo. Ahí debe salir. Y salía. Salir, lo que es salir, salía, pero no en el apartado de jugadores. Anda que no le di vueltas a la web hasta encontrarlo.

Resulta, que formaba parte del equipo técnico, pero que de futbolista tenía lo mismo que yo. Como cuando juega el equipo de tu país y si gana, dices “Hemos ganado”. Pues él lo mismo. “Hoy jugamos en…” “Hoy tengo que entrenar a las…”. Que digo yo, ¿un readaptador deportivo entrena? ¿Cómo entrena? Y la incógnita mayor, ¿cómo tubo la cara de pedirme que fuera a verlo a algún partido? ¿Quería que lo mirara sentado en el banquillo? o ¿en la grada? ¿Dónde se sienta un readaptador? Y ¿Por qué se presenta como futbolista? ¿Me presento yo como hija de Amancio Ortega por trabajar en un Zara?

Qué ganas de decirle mentiroso a la cara. ¡Te descubrí! Sólo me has tenido engañada meses, listo. Y las ganas me pudieron. No pude esperar a que volviese a llamar. Lo llamé yo.

-¿Hola?

-Hola Axel. ¿Qué tal?

-¿Hola?

-Hola si, hola. Eso ya me lo has dicho.

-¿Me estás llamando?

-Eso parece.

-¿Por error?

-No, queriendo.

-Vaya, me sorprendes. Esto no me lo esperaba. Pues tú dirás.

-Me he acordado de ti. ¿Te apetece que nos veamos?

Yo misma me estaba sorprendiendo. Quería decirle cuatro cosas. Ninguna buena y ¿estoy intentando quedar con él? Luego me quejo.

-¿Quieres que nos veamos? Y ¿Por qué?

-Lo cierto es que no lo sé. Me apetece.

Y en ese “me apetece”, lo vi claro. Quería tirarme a Axel. Sólo me había traído quebraderos de cabeza hasta el momento. Había enfocado la relación de forma errónea. Sí, físicamente me gusta, pero es un mentiroso, que jamás tendría como novio, ¿por qué no vernos y terminar lo que empezamos? En mi defensa diré ,que en mi cabeza, no sonaba mal.

Axel, por supuesto, aceptó. Con ansias de nuevo, para no variar. Quería ya. Hoy. Y le dije que sí. ¿Para qué iba a hacerme la dura?

En cuanto nos vimos, vino a abrazarme y durante este abrazo, pude notar, su “alegría” al verme.

-¿Vamos a cenar?

-Ahórratelo.

-¿No tienes hambre?

-Tengo, pero no es necesario que me lleves a cenar. Podemos saltarnos la cita.

-No te entiendo.

¿Quién está desconcertado ahora eh, Axel?

Me acerco y me dejo caer sobre él. Sutil. Si no se entera con esto, sacaré un preservativo del bolso. Pero se entera.

Y todo fue bien, hasta que acabamos y le dije que me iba a casa.

-Me gustaría que hablásemos.

-Y a mí me gustaría que no te presentases como futbolista cuando no tocas un balón.

-No sé de qué hablas.

-Déjalo. A estas alturas, me da lo mismo.

-¿Para qué me has llamado entonces?

-¿No ha sido obvio?

El resto del camino estuvimos en silencio. Yo lo preferí. No llegamos a ninguna conclusión cuando hablamos y después de ese encuentro, supe que tampoco llegaríamos a ninguna parte, físicamente hablando. Al menos, por mi parte. Así que, daba por concluida mi aventurilla con el futbolista readaptador. Pero él, no. Y siguió llamando. Al principio, pidiendo oportunidades. “Estoy arrepentido” “Lo hice mal” “Empecemos de nuevo”. No me lo creí. ¿Quién podría?

Después pasó a llamar de madrugada. Menos arrepentido y con más ganas de otro asalto. Hasta que un día me sinceré e hice, lo que pensé que serviría, para que dejase de llamar.

-“No somos compatibles. Ya no hablo de caracteres, me refiero en la cama. No te lo tomes a mal, pero no llego a ningún sitio contigo. Y siendo así, no veo la necesidad de volver a vernos, así que por favor, deja de llamar”.

-Vale.

Y colgó. Y yo pensé que sería suficiente para él. Me sentí incluso mal. Pero, para que seguir alargando algo, que sabes que no va a llegar a ningún sitio, lo mires por donde lo mires.

Me encantaría deciros que no volvió a llamar. Pero lo hizo. Incansable. De esto, han pasado dos años, y él sigue. Espero no tener ningún momento de debilidad y en una de esas, pulsar el botón verde.