37. Acumulando misterios (y otras cosas).

5 minutos después, ahí estaba él. Lo esperé, sí. Estaba frita. Así que, ¿para qué posponerlo, si no quería que desapareciera de nuevo?

Me llevó a casa, y una vez en mi portal, (cuánto ha visto esa puerta) estuvimos hablando un buen rato. Trabajo, estudios y alguna que otra anécdota. No estaba yendo nada mal, hasta que empezó a ir mejor.

-Perdóname, pero es que ya no aguanto más.

Y me besó. Esa frase fue suya, aunque podría haber sido perfectamente mía.

Beso notable, pero no intentó nada más.

-Quiero una cita.

Yo quiero “hacerlo”, y una cita.

Pero por lo que percibo de él, parece que lo de “hacerlo”, desgraciadamente, va a tener que esperar.

Acordamos un día para vernos y nos despedimos, con unos besos más.

Esa noche, me dormí con una sonrisa en la boca. Y cuando desperté, aún seguía ahí. Qué tontería, pero que felicidad. Estaba contenta.

Habíamos acordado, que nos verías el próximo jueves. Era mi día de descanso, así que aprovecharíamos para ir a tomar algo. Los días previos, hablamos, pero tampoco gran cosa. No parecíamos coincidir mucho en horarios, pero siempre sacaba un ratito antes de dormir para preguntarme como me había ido el día. Y a mí ese detalle, me gustaba. Más incluso, que estar todo el día al teléfono pegados.

El miércoles, me dijo que le apetecía mucho verme y que tenía ganas de que se produjera nuestro encuentro. Aunque para ganas, las mías.

Y el jueves llegó. Cada vez que lo veía, me parecía más guapo que la vez anterior. Realmente guapo. Pero no solo era belleza. El chico, parecía muy sensato. Me habló de sus relaciones pasadas. Había sufrido, pero ya estaba preparado para afrontar otra relación. Quería conocer a alguien, enserio. Centrarse en esa persona e ir poco a poco, descubriéndola. Su discurso, era tan encantador como él, pero tuve que romper su burbuja.

-¿Esto es real?

-¿Cómo que si es real?

-Este discurso del amor y de las relaciones, lo he escuchado antes. Dices que sabes lo que quieres. Algo que te dé estabilidad y con exclusividad. ¿Es real o me estás vendiendo una moto?

-¿Por qué dices eso?

-Porque he comprado muchas.

-Si te lo digo, es porque lo pienso de verdad.

Se mostró sorprendido ante mi pregunta e incluso un poco desconcertado. No sé si es que no vive en mí mismo siglo, o es que tengo, de repente, muy buena suerte en el amor. O en lo que sea que me pase con los chicos.

Después de tomar algo, dimos un paseo, me cogió la mano, y me besó suavemente. ¿Cómo podía ser tan mono? Parecía creado por Federico Moccia y la realmente sorprendida, ahora, era yo. Esa noche, tampoco intentó que pasase nada más. Y yo, que había comprado hasta ropa interior nueva…

Antes de despedirnos me propuso algo.

-Te quiero proponer algo. Puedes decirme que no, pero no quiero que lo hagas ahora. Quiero proponértelo y que te tomes unos días y lo pienses.

-¿Me dices ya de qué se trata?

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36. Entre un misterio y otro.

Me gusta esta lluvia.

Y ahí estaba. El chico de la camisa de cuello mao. No sé si os acordáis, pero cuando Andrés se marchó de viaje, creí enamorarme repentinamente, de un cliente.

Había podido pasar un mes, desde nuestro encuentro. Él no había vuelto por la tienda, al menos en mi turno, y yo creí, que no volveríamos a cruzarnos jamás. Era tan guapo como recordaba, aunque esta vez, sin cuello mao. Su camisa rosa, su pelo revuelto y sus ojos verdes, me estaban pidiendo a gritos una “caidita”. O varias.

Así que, aprovechando que mis amigas Bea y Aurora, fueron al baño, me acerqué estratégicamente a donde se encontraba él.

Estábamos a escasos 2 metros. Él con 3 amigos más y yo, con Rubi, que viene a ser como una versión de mí, más joven, y en rubia. Ya le había hablado de él, así que poco bastó. Se puso estratégicamente colocada, y yo quedé, mirando hacia él.

Lo que sigue, lo sabéis. Caidita, más caidita y más caidita. Tardó en venir, el tiempo que tardaron Bea y Aurora en volver del baño. Y al hacerlo de esta forma, pensé que se acercaba porque alguna de ellas le gustaba. Pronto, dejaría de tener esa duda.

-¡Hola!

-Hola.

-¿No eres de aquí, verdad?

Ole yo. Soy tan inolvidable, que no recuerda haberme visto y mucho menos, haber hablado conmigo. ¿Tanto me cambia, el uniforme de trabajo?

-Pues te equivocas, sí que soy de aquí. ¿Tú?

-No me lo creo, no me suenas nada. Además, ese bronceado que tienes, no puede ser de aquí.

No le sueno. Ni un aire. ¡Qué bien! Al menos, estoy morena.

-Una, que se broncea y eso en agosto.

Lo siguiente fue que me preguntase mi nombre y me dijese el suyo. Andrés. No es una broma, no. Ambos tenían el mismo nombre. No iba a equivocarme, desde luego. Pero para que no os liéis vosotros, le llamaré Mao.

Mis amigas querían cambiar de bar y esta vez, tenía que asegurarme de no perderle la pista a Mao. Así que me acerqué y le pedí su número de teléfono. Sin pensarlo. Sin dudar. Él también se aseguró de tener el mío.

Antes de que acabara la noche, coincidimos en otro bar y la cercanía entre los dos, era evidente.  Pero mis amigas, de nuevo, quisieron cambiar de bar. ¡Se salvan porque las quiero! Así que me despedí y quedó en escribirme. Si no lo hacía él, lo haría yo. Pero ahí no acabó la noche.

Cuando iba de camino a la parada de taxis, recibí un mensaje. Sí, de Mao.

-“¿Ya en casa”?

-“De camino a coger un taxi.

-Si me das 5 minutos, estoy ahí.

¿Se los doy o me hago la dura? ¿Qué creéis que hice?

35. Resolviendo misterios.

¿Que si no lo he echado de menos? Que equivocadito. Y como en ese momento me pilla tan por sorpresa se lo suelto, tal cual.

-Pues la verdad es que sí, para qué te voy a mentir.

Se ríe a carcajadas, encantado. Yo, intentando normalizar mi confesión empiezo a contarle que se ha notado la bajada de plantilla, que tuvimos muchos clientes, y que se ha perdido unos días muy intensos en la tienda. Y en mi defensa, os diré, que todo eso, era verdad.

Ese día trabajé tan a gusto. Lo cierto es que su compañía en la tienda hacía que las horas se me pasasen volando y que ir a trabajar no fuese en absoluto trabajoso.

Al día siguiente, empezó a seguirme en redes. ¿Podía hacerme más ilusión? Como una adolescente me sentía.

Parecía que todo, pasito a pasito, iba tomando forma. O eso pensaba yo, hasta que una de nuestras compañeras, le preguntó a mi Andrés, por lo bajini, sobre nuestro tonteo. De esto, que estoy en el lugar correcto, en el momento indicado. Y escucho:

-¿Tu que vienes aquí a trabajar o a tontear?

-Pero si yo tengo novia.

Un ratito me tuve que quedar, en el probador en el que estaba, para poder quitar la cara de estupefacción.

¿Me explica este chico a qué estaba jugando?¿por eso no me había pedido el teléfono? Con razón. Me siento timada. Pero ahora saldré del probador, con una sonrisa y muy digna. ¡Como si nada!

Me resultó imposible estar con él, como hasta el momento. No me salía picarlo cada vez que nos cruzábamos, y él, lógicamente, se dio cuenta.

-Que calladita estás.

-¿Te aburres?

-La verdad es que si.

-¡Que pena!

Y me voy, que no soy su entretenimiento de por las tardes. Aunque lo haya sido hasta el momento.

Pero me busca y me busca. ¡A ver si lo de la novia va a ser mentira!Mis ganas…

Tengo que salir a superar la noticia. Pero menuda sorpresita me llevo a escasos minutos de llegar al lugar elegido, para comenzar la fiesta.

¿Quién está ahí? ¿Realmente es él?¿ Y ahora qué?

34. El chico misterioso.

Hola !!!!

Soy de las que va a trabajar por las mañanas pensando, que encontrará al amor de su vida. Aunque esto, más bien me pasa cada vez que salgo a la calle. ¿Me encontraré a un nuevo vecino en el portal? ¿Me cruzaré en el supermercado con mi futuro marido? Quien dice marido, dice amante. Llegados a este punto, una es romántica, pero no tanto. Y a mí, una aventurilla…me pierde.

Hasta ahora, no había pasado de tener compañeros emparejados o gays. Hoy, se incorporaban a la plantilla, tres personas nuevas. Iban a pasar el verano con nosotros. Dos meses. Lo justo para enamorarse y que luego no fuera un inconveniente, si salía mal.

Yo, soñaba, con que alguna de ellas, fuera él. Un amor de verano. Aunque  luego, la historia, no tuviese mucho amor.

Dos chicas y un chico. 33,3 por ciento de posibilidades. Ni tan mal.

Cuando llego al trabajo, él ya está allí. Qué puntual. Y guapo. Moreno, alto…mi prototipo. Aunque a veces me lo salte.

Por lo visto, ya había trabajado anteriormente en la tienda, pero no habíamos coincidido. Pregunté qué tal era y todos coincidieron en que era muy callado. Y vaya si tenían razón. Pasó por mi lado en silencio. Ni un “hola” me dijo. Empezamos bien.

Me puse en una zona de la tienda que creí que estaba vacía y a los dos segundos, escucho tras de mí:

-¿Estás tú aquí? Me han dicho, que esta zona es mía.

-¿tú eres?

-Andrés.

-Yo abril, encantada. Y tranquilo Andrés, esta zona es toda tuya. Yo, ya me voy.

Vaya encontronazo. Este Andrés empieza marcando territorio. Guapo y seco como él solo.

Trascurre la jornada de trabajo y no nos volvemos a mirar. Qué bonito el amor. Me ha durado la ensoñación, el tiempo de entrar por la puerta.

Al finalizar, han colgado en los vestuarios, los horarios de todo el verano. ¿Y sabéis con quién compartiré todos los turnos? Con Andrés. Obvio. Yo no quería coincidir. Pues ahí lo llevo. Regalito del destino. Del destino y de mi encargada. Que me va a hacer comerme todos los cierres de julio y agosto.

Él, parece que también se ha dado cuenta. Me mira.

-Vaya Andrés, parece que te vas a hartar de mí.

Y por primera vez, le veo los dientes. Sonríe. Lleva aparato. Y hasta le queda bien. Que no me sonría más, que nos conocemos.

Al día siguiente, vino menos seco. Me saludó. Algo es algo. Y de vez en cuando, venía a comentarme asuntos de la tienda. Todo muy profesional y correcto.

Esos asuntos, fueron pasando a segundo plano y comenzamos a entablar conversaciones más personales. Yo aprovechaba cualquier excusa para meterme con él. Picarlo. Y él parecía estar encantado. El tonteo era evidente. Y así, un día tras otro. Pero nuestro “tira y afloja” duraba, lo que nuestra jornada laboral. No habíamos intercambiado ni teléfonos, ni redes sociales. Aunque yo, ya lo había buscado para investigar, al menos, si tenía pareja. No la tenía. Al menos pública.

Cada día, iba con más ganas a trabajar. Y mi media jornada, se me hacía muy corta. Demasiado. ¿Por qué no le pido su número de teléfono? ¿Por qué no me lo pide el a mí? Ya estamos con los por qué.

Me cuenta, que ha pedido unos días para irse de vacaciones y que se los dan. Que suerte él. Que aburrida me voy a quedar yo. Solo son cinco, pero si se va y no tengo su número, ni lo sigo en redes…me lo voy a perder todo. ¿Lo sigo? No, me espero. Me hago la digna. Aun no sé muy bien por qué.

De sus días de viaje, solo destaco que me enamoré una mañana. Sí, sí. Me enamoré. Real. Platónicamente. No de Andrés. Sino de un cliente.

Vino un chico, unos años mayor que yo. O al menos eso dejaban entrever sus arruguitas. Llevaba una camisa blanca con el cuello mao, unas bermudas beige y unas converse blancas. Moreno, con barbita y ojos azules. Más fiel a mi prototipo que Andrés. Me acerqué, por si necesitaba ayuda. Ya sabéis. Funciones de dependienta.

-¿Qué tal? ¿Necesitas ayuda?

Y la necesitaba. Estuvimos un rato hablando de ropa y de tallas. Al final se llevó una camiseta. Y un trocito de mi corazón. Lo sé. Lo sé. Pero es que era demasiado perfecto.

Me dejó tan  embobada, que me tiré varios días pensando en él. Incluso Andrés, se me olvidó un poco. Lo caprichosa que es la mente. Días pensando en este chico, que ni lo conozco. Solo por guapo. Y porque viste bien. Y porque parecía muy simpático. Y porque no sé qué me pasa que ando tan desesperada últimamente, que hasta yo puedo percibirlo. Pero bueno… mañana vuelve Andrés.

Me he tirado 5 días yendo a trabajar con un moño. Pero para la ocasión, me voy a poner hasta highlighter. Y cuando esa misma tarde llego al trabajo, ahí está él. Ha vuelto antes de lo esperado. Está más moreno y se ha afeitado.

Me sorprendo al verlo y él me sonríe.

-¿tú que haces aquí?

-¿No me has echado de menos?

33.Tarjeta amarilla, roja y expulsión.

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Cambié su contacto en mi teléfono por “el cansino”. Aparecía cada dos meses, como por arte de magia. Ahora, solo podía llamarme, porque lo tenía bloqueado de todas las plataformas habidas y por haber.

Una tarde, contándole esta misma historia a una amiga, mientras tomábamos un café, descubrí algo.

Mi amiga, quería ponerle cara y como había borrado todo rastro de él de mi teléfono, decidí googlearlo. Debía aparecer.

Búsquedas: Axel futbolista, Axel futbolista del (nombre del equipo)…

Nada amigos. Ni en respuestas Yahoo.

Busco, directamente, en la página oficial del equipo. Ahí debe salir. Y salía. Salir, lo que es salir, salía, pero no en el apartado de jugadores. Anda que no le di vueltas a la web hasta encontrarlo.

Resulta, que formaba parte del equipo técnico, pero que de futbolista tenía lo mismo que yo. Como cuando juega el equipo de tu país y si gana, dices “Hemos ganado”. Pues él lo mismo. “Hoy jugamos en…” “Hoy tengo que entrenar a las…”. Que digo yo, ¿un readaptador deportivo entrena? ¿Cómo entrena? Y la incógnita mayor, ¿cómo tubo la cara de pedirme que fuera a verlo a algún partido? ¿Quería que lo mirara sentado en el banquillo? o ¿en la grada? ¿Dónde se sienta un readaptador? Y ¿Por qué se presenta como futbolista? ¿Me presento yo como hija de Amancio Ortega por trabajar en un Zara?

Qué ganas de decirle mentiroso a la cara. ¡Te descubrí! Sólo me has tenido engañada meses, listo. Y las ganas me pudieron. No pude esperar a que volviese a llamar. Lo llamé yo.

-¿Hola?

-Hola Axel. ¿Qué tal?

-¿Hola?

-Hola si, hola. Eso ya me lo has dicho.

-¿Me estás llamando?

-Eso parece.

-¿Por error?

-No, queriendo.

-Vaya, me sorprendes. Esto no me lo esperaba. Pues tú dirás.

-Me he acordado de ti. ¿Te apetece que nos veamos?

Yo misma me estaba sorprendiendo. Quería decirle cuatro cosas. Ninguna buena y ¿estoy intentando quedar con él? Luego me quejo.

-¿Quieres que nos veamos? Y ¿Por qué?

-Lo cierto es que no lo sé. Me apetece.

Y en ese “me apetece”, lo vi claro. Quería tirarme a Axel. Sólo me había traído quebraderos de cabeza hasta el momento. Había enfocado la relación de forma errónea. Sí, físicamente me gusta, pero es un mentiroso, que jamás tendría como novio, ¿por qué no vernos y terminar lo que empezamos? En mi defensa diré ,que en mi cabeza, no sonaba mal.

Axel, por supuesto, aceptó. Con ansias de nuevo, para no variar. Quería ya. Hoy. Y le dije que sí. ¿Para qué iba a hacerme la dura?

En cuanto nos vimos, vino a abrazarme y durante este abrazo, pude notar, su “alegría” al verme.

-¿Vamos a cenar?

-Ahórratelo.

-¿No tienes hambre?

-Tengo, pero no es necesario que me lleves a cenar. Podemos saltarnos la cita.

-No te entiendo.

¿Quién está desconcertado ahora eh, Axel?

Me acerco y me dejo caer sobre él. Sutil. Si no se entera con esto, sacaré un preservativo del bolso. Pero se entera.

Y todo fue bien, hasta que acabamos y le dije que me iba a casa.

-Me gustaría que hablásemos.

-Y a mí me gustaría que no te presentases como futbolista cuando no tocas un balón.

-No sé de qué hablas.

-Déjalo. A estas alturas, me da lo mismo.

-¿Para qué me has llamado entonces?

-¿No ha sido obvio?

El resto del camino estuvimos en silencio. Yo lo preferí. No llegamos a ninguna conclusión cuando hablamos y después de ese encuentro, supe que tampoco llegaríamos a ninguna parte, físicamente hablando. Al menos, por mi parte. Así que, daba por concluida mi aventurilla con el futbolista readaptador. Pero él, no. Y siguió llamando. Al principio, pidiendo oportunidades. “Estoy arrepentido” “Lo hice mal” “Empecemos de nuevo”. No me lo creí. ¿Quién podría?

Después pasó a llamar de madrugada. Menos arrepentido y con más ganas de otro asalto. Hasta que un día me sinceré e hice, lo que pensé que serviría, para que dejase de llamar.

-“No somos compatibles. Ya no hablo de caracteres, me refiero en la cama. No te lo tomes a mal, pero no llego a ningún sitio contigo. Y siendo así, no veo la necesidad de volver a vernos, así que por favor, deja de llamar”.

-Vale.

Y colgó. Y yo pensé que sería suficiente para él. Me sentí incluso mal. Pero, para que seguir alargando algo, que sabes que no va a llegar a ningún sitio, lo mires por donde lo mires.

Me encantaría deciros que no volvió a llamar. Pero lo hizo. Incansable. De esto, han pasado dos años, y él sigue. Espero no tener ningún momento de debilidad y en una de esas, pulsar el botón verde.

32. Segunda parte del partido.

 

Hot child in the city today ☀️ {2017 classic calendar September detail}

-Tienes que irte.

-¿Me explicas que pasa?

-Mi abuela está subiendo.

-¿Tu abuela no estaba en una residencia?

-Pero a veces, viene de visita.

Mi confusión era tal, que no sabía si ponerme las bragas o  prepararle la merienda a su abuela, pero no me dió mucho tiempo a pensar.

-Date prisa. Mira, hacemos una cosa: Te vistes y te vas. Luego, yo cojo mi coche y me encuentro contigo en tu ciudad, cenamos juntos y te explico todo.

¿Qué hay que explicar? ¿Por qué tenemos que cambiar de ciudad? ¿Por qué tengo que irme? Y el fin de semana romántico ¿para cuándo? Ya no tiene ansiedad por pasar unos días juntos, ni necesita que sea ya. Ahora, solo necesita que me vaya.

Cojo mi coche y vuelvo a casa. No entiendo nada y dudo de todo. ¿De verdad era su abuela? Una parte de mí, pensó en quedarse escondida en su portal, para ver quién subía. Pero no lo hice. Muy mal por mi parte. Ahora, no tendría las dudas que tengo.

Y dieron las 7, las 8 y las 9 y Axel no aparecía. Su abuela se había debido quedar a preparar bizcocho, porque no me lo explico.

Me fui a cenar con Nina. Definitivamente, no podía quedarme en casa esperando. Ni esperando, ni pensando en la infinidad de posibilidades, que se me pasaban por la cabeza, respecto a él y su abuela.

A eso de las 10, llamó. Yo, iba conduciendo, así que le dije a Nina, que atendiese ella. Axel, como si nada, le proponía quedar los cuatro. Diréis: ¿Qué cuatro? Pues resulta, que aquí el enano, porque a estas alturas ya le estaba cogiendo tirria, estaba cenando con un compañero del equipo y quería hacer cita doble. A ver, ¿me haces venirme a los 20 minutos de tu casa, porque viene tu abuela, no vienes a cenar conmigo como tú mismo me propusiste, porque estas con un colega, y ahora quieres cita doble? Necesito un croquis. ¿Alguien encuentra la explicación a esto? Agradecida le estaría.

Paro el coche, porque yo al volante soy muy prudente y le quito el teléfono a Nina.

-¿De verdad, tú te crees que sin hablar nada contigo me voy a ir de cita doble? ¿Y la explicación? ¿Y la cena? ¿Y tu abuela?

-A ver, no te pongas así. Vienes y hablamos. Una vez aquí te explico lo que quieras. Pero si venís, podemos tú y yo hablar y mi amigo y tu amiga conocerse. Piensa un poco en ellos. Puede estar bien.

-¿Qué soy yo, Emma García? El que no estás bien, eres tú. No pienso ir a ningún sitio. Cuando empieces a cumplir lo que dices, hablamos.

-No tengo ganas de discutir. Te lo vuelvo a repetir, ven y hablamos.

-No pienso ir a ningún sitio más por ti. Hoy, ya has gastado todos los kilómetros que te correspondían y no ha merecido la pena.

-Venga Abril. Hasta luego.

Y le colgué. ¿Qué se cree este, que lo voy a seguir como una fan? Pues va listo. Con arrepentirme de haber movido el culo por él una vez, me es suficiente.

Pero es que, no supe nada de él durante un mes. Si, un mes. Un mes pensando en la abuela y en sus ansias por pasar tiempo conmigo, por verme aunque fuesen 5 minutos. Todo se había esfumado, menos mis dudas.

Hasta que un día, recibo un mensaje.

-¿Me explicas dónde estás?

¿Me explicas tú a mí por qué estás tan loco? Pensé que se había equivocado. No podía aparecer de la nada y de esta forma, pero me equivocaba. Llamada entrante:

-¿Dónde estás?

-¿A quién llamas?

-A ti, Abril. ¿Dónde estás?

-No te pienso decir dónde estoy. ¿Qué quieres?

-Verte.

-Pues no me vas a ver.

-He estado en tu trabajo y me han dicho que no trabajas ya allí. ¿Dónde estás? ¿Sigues enfadada?

Cambié de tienda, gracias a dios. Solo espero que al preguntar por mí en mi anterior trabajo, no montase “el numerito”. ¿Por qué me tienen que tocar a mí todos los inestables? ¿Qué le pasa a este chico?

Le cuelgo. Me aburre mucho su insistencia. Aparece y desaparece de la nada. ¿Me ha dado un mes para ver si se me olvidaba “el asuntito de la abuela”? Pues no. Aquí siguen las dudas. Ahora, sumadas con el enfado por desaparecer sin dar ninguna explicación. Y aquí no acaba la cosa. No, no. Siguió llamando y llamando…

31. La primera parte del partido.

70 Likes, 2 Comments - Brittany Fuson (@brittanyfuson) on Instagram: “Our July cover girl ”

Y al día siguiente me llamó. Quedamos para cenar y llega tarde. 30 minutos esperándolo y encima, aparece con calcetines blancos. Que poquito me gusta esperar y que poquito los calcetines blancos con zapatos negros. Manías.

Su excusa para llegar tarde es que aún, el club, no le ha alquilado un piso y viene desde su ciudad. Pues sal antes ¿no? Digo yo.

La cena fue bastante bien. Fuimos a una pizzería, donde yo me deleité comiendo mientras él me seguía contando su vida. Al despedirnos, la cosa se empezó a poner intensa, así que puso el motor en marcha de nuevo y a los 5 minutos, estaba en un descampado. Súper romántico. Y ¿lo mejor?  Aquí, al amigo, no le gusta protegerse. Así que de vuelta a casa.

De verdad, no entiendo a los chicos que no me conocen de nada y se niegan a usar preservativo.

-“Es que no me gusta”.

-Pues recoge que nos vamos.

Pero la cosa no quedó ahí. Al día siguiente volvió a llamarme.

-Oye, perdona por lo de ayer. Tenías razón. ¿Puedo recogerte, cuando salgas de trabajar?

Le dije que no, porque ya tenía planes, y a pesar de eso, al salir de trabajar ahí estaba él. Me volvió a pedir perdón y me abrazó. Debo ser muy abrazable, porque sino no me lo explico. Y aquí se abrió la veda. Empezó a llamarme y allí donde estuviese aparecía, me daba un abrazo, hablábamos 5 minutos y se iba. También tuvimos alguna que otra cita más.

Una noche, al salir de trabajar, tenía como 6 llamadas perdidas suyas y algún que otro mensaje:

“¿Dónde estás?” “Me has mentido” “He ido a buscarte y no estabas” “¿Por qué no me coges el teléfono?”

No me dio tiempo a devolverle la llamada cuando mi teléfono sonó de nuevo. Un Axel muy alterado, que no había conocido hasta ahora.

Se había equivocado de tienda y pensaba que le había mentido. Sí, trabajo en una tienda, por si no lo había contado hasta ahora. Se disculpó de nuevo, pero esta vez no me había gustado lo que había visto, así que le dije que me diera unos días. Con suerte, alguno de los dos nos olvidaríamos. Y así fue. Yo y mi nulo rencor. Así me va.

Días más tarde, me propuso un fin de semana juntos. ¿Suena bien? Pues no. No suena bien. Su idea era recogerme a las 4 de la mañana, al llegar de un partido. Jugaban en la quinta puñeta y volvían en bus. No era un equipo de primera como podéis ver. Y yo, que vivía con mis padres, le veía lagunas a su plan. “Papá y mamá, me voy de madrugada a no sé dónde y vuelvo en dos días”. No lo veo. Así que le propuse ir al día siguiente, pero se negó. Encaprichado en que me fuese a las 4. Lo tuve llamándome hasta la 1, que  apagué mi teléfono. Bendito modo avión.

Enfadadísimo. Llamándome cabezona. Así eran los mensajes que pude leer a la mañana siguiente. Otra neura por su parte…

Unas horas más tarde, se le había pasado el cabreo como por arte de magia y me llamó.

-¿Vienes?

Y fui. Sí. Me va la marcha.

Me abre la puerta envuelto en una toalla. Qué casualidad, que no sabe calcular, el tiempo que iba a tardar en llegar y lo pillo saliendo de la ducha. ¡Pues fuera toalla!

Estamos en su sofá, sin ropa, dispuestos a…y suena su teléfono.

-Tengo que cogerlo.

-Está bien (aunque no lo estaba).

Se va, teléfono en mano. Vuelve.

-Tienes que irte.

-¿Cómo? ¿Qué pasa?

Hagan sus apuestas…