34. El chico misterioso.

Hola !!!!

Soy de las que va a trabajar por las mañanas pensando, que encontrará al amor de su vida. Aunque esto, más bien me pasa cada vez que salgo a la calle. ¿Me encontraré a un nuevo vecino en el portal? ¿Me cruzaré en el supermercado con mi futuro marido? Quien dice marido, dice amante. Llegados a este punto, una es romántica, pero no tanto. Y a mí, una aventurilla…me pierde.

Hasta ahora, no había pasado de tener compañeros emparejados o gays. Hoy, se incorporaban a la plantilla, tres personas nuevas. Iban a pasar el verano con nosotros. Dos meses. Lo justo para enamorarse y que luego no fuera un inconveniente, si salía mal.

Yo, soñaba, con que alguna de ellas, fuera él. Un amor de verano. Aunque  luego, la historia, no tuviese mucho amor.

Dos chicas y un chico. 33,3 por ciento de posibilidades. Ni tan mal.

Cuando llego al trabajo, él ya está allí. Qué puntual. Y guapo. Moreno, alto…mi prototipo. Aunque a veces me lo salte.

Por lo visto, ya había trabajado anteriormente en la tienda, pero no habíamos coincidido. Pregunté qué tal era y todos coincidieron en que era muy callado. Y vaya si tenían razón. Pasó por mi lado en silencio. Ni un “hola” me dijo. Empezamos bien.

Me puse en una zona de la tienda que creí que estaba vacía y a los dos segundos, escucho tras de mí:

-¿Estás tú aquí? Me han dicho, que esta zona es mía.

-¿tú eres?

-Andrés.

-Yo abril, encantada. Y tranquilo Andrés, esta zona es toda tuya. Yo, ya me voy.

Vaya encontronazo. Este Andrés empieza marcando territorio. Guapo y seco como él solo.

Trascurre la jornada de trabajo y no nos volvemos a mirar. Qué bonito el amor. Me ha durado la ensoñación, el tiempo de entrar por la puerta.

Al finalizar, han colgado en los vestuarios, los horarios de todo el verano. ¿Y sabéis con quién compartiré todos los turnos? Con Andrés. Obvio. Yo no quería coincidir. Pues ahí lo llevo. Regalito del destino. Del destino y de mi encargada. Que me va a hacer comerme todos los cierres de julio y agosto.

Él, parece que también se ha dado cuenta. Me mira.

-Vaya Andrés, parece que te vas a hartar de mí.

Y por primera vez, le veo los dientes. Sonríe. Lleva aparato. Y hasta le queda bien. Que no me sonría más, que nos conocemos.

Al día siguiente, vino menos seco. Me saludó. Algo es algo. Y de vez en cuando, venía a comentarme asuntos de la tienda. Todo muy profesional y correcto.

Esos asuntos, fueron pasando a segundo plano y comenzamos a entablar conversaciones más personales. Yo aprovechaba cualquier excusa para meterme con él. Picarlo. Y él parecía estar encantado. El tonteo era evidente. Y así, un día tras otro. Pero nuestro “tira y afloja” duraba, lo que nuestra jornada laboral. No habíamos intercambiado ni teléfonos, ni redes sociales. Aunque yo, ya lo había buscado para investigar, al menos, si tenía pareja. No la tenía. Al menos pública.

Cada día, iba con más ganas a trabajar. Y mi media jornada, se me hacía muy corta. Demasiado. ¿Por qué no le pido su número de teléfono? ¿Por qué no me lo pide el a mí? Ya estamos con los por qué.

Me cuenta, que ha pedido unos días para irse de vacaciones y que se los dan. Que suerte él. Que aburrida me voy a quedar yo. Solo son cinco, pero si se va y no tengo su número, ni lo sigo en redes…me lo voy a perder todo. ¿Lo sigo? No, me espero. Me hago la digna. Aun no sé muy bien por qué.

De sus días de viaje, solo destaco que me enamoré una mañana. Sí, sí. Me enamoré. Real. Platónicamente. No de Andrés. Sino de un cliente.

Vino un chico, unos años mayor que yo. O al menos eso dejaban entrever sus arruguitas. Llevaba una camisa blanca con el cuello mao, unas bermudas beige y unas converse blancas. Moreno, con barbita y ojos azules. Más fiel a mi prototipo que Andrés. Me acerqué, por si necesitaba ayuda. Ya sabéis. Funciones de dependienta.

-¿Qué tal? ¿Necesitas ayuda?

Y la necesitaba. Estuvimos un rato hablando de ropa y de tallas. Al final se llevó una camiseta. Y un trocito de mi corazón. Lo sé. Lo sé. Pero es que era demasiado perfecto.

Me dejó tan  embobada, que me tiré varios días pensando en él. Incluso Andrés, se me olvidó un poco. Lo caprichosa que es la mente. Días pensando en este chico, que ni lo conozco. Solo por guapo. Y porque viste bien. Y porque parecía muy simpático. Y porque no sé qué me pasa que ando tan desesperada últimamente, que hasta yo puedo percibirlo. Pero bueno… mañana vuelve Andrés.

Me he tirado 5 días yendo a trabajar con un moño. Pero para la ocasión, me voy a poner hasta highlighter. Y cuando esa misma tarde llego al trabajo, ahí está él. Ha vuelto antes de lo esperado. Está más moreno y se ha afeitado.

Me sorprendo al verlo y él me sonríe.

-¿tú que haces aquí?

-¿No me has echado de menos?

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