36. Entre un misterio y otro.

Me gusta esta lluvia.

Y ahí estaba. El chico de la camisa de cuello mao. No sé si os acordáis, pero cuando Andrés se marchó de viaje, creí enamorarme repentinamente, de un cliente.

Había podido pasar un mes, desde nuestro encuentro. Él no había vuelto por la tienda, al menos en mi turno, y yo creí, que no volveríamos a cruzarnos jamás. Era tan guapo como recordaba, aunque esta vez, sin cuello mao. Su camisa rosa, su pelo revuelto y sus ojos verdes, me estaban pidiendo a gritos una “caidita”. O varias.

Así que, aprovechando que mis amigas Bea y Aurora, fueron al baño, me acerqué estratégicamente a donde se encontraba él.

Estábamos a escasos 2 metros. Él con 3 amigos más y yo, con Rubi, que viene a ser como una versión de mí, más joven, y en rubia. Ya le había hablado de él, así que poco bastó. Se puso estratégicamente colocada, y yo quedé, mirando hacia él.

Lo que sigue, lo sabéis. Caidita, más caidita y más caidita. Tardó en venir, el tiempo que tardaron Bea y Aurora en volver del baño. Y al hacerlo de esta forma, pensé que se acercaba porque alguna de ellas le gustaba. Pronto, dejaría de tener esa duda.

-¡Hola!

-Hola.

-¿No eres de aquí, verdad?

Ole yo. Soy tan inolvidable, que no recuerda haberme visto y mucho menos, haber hablado conmigo. ¿Tanto me cambia, el uniforme de trabajo?

-Pues te equivocas, sí que soy de aquí. ¿Tú?

-No me lo creo, no me suenas nada. Además, ese bronceado que tienes, no puede ser de aquí.

No le sueno. Ni un aire. ¡Qué bien! Al menos, estoy morena.

-Una, que se broncea y eso en agosto.

Lo siguiente fue que me preguntase mi nombre y me dijese el suyo. Andrés. No es una broma, no. Ambos tenían el mismo nombre. No iba a equivocarme, desde luego. Pero para que no os liéis vosotros, le llamaré Mao.

Mis amigas querían cambiar de bar y esta vez, tenía que asegurarme de no perderle la pista a Mao. Así que me acerqué y le pedí su número de teléfono. Sin pensarlo. Sin dudar. Él también se aseguró de tener el mío.

Antes de que acabara la noche, coincidimos en otro bar y la cercanía entre los dos, era evidente.  Pero mis amigas, de nuevo, quisieron cambiar de bar. ¡Se salvan porque las quiero! Así que me despedí y quedó en escribirme. Si no lo hacía él, lo haría yo. Pero ahí no acabó la noche.

Cuando iba de camino a la parada de taxis, recibí un mensaje. Sí, de Mao.

-“¿Ya en casa”?

-“De camino a coger un taxi.

-Si me das 5 minutos, estoy ahí.

¿Se los doy o me hago la dura? ¿Qué creéis que hice?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s