39. Doble check.

 

Vacaciones

Desperté de  mi ensoñación con su: “Habrá que irse ¿no?”. Así que de vuelta al coche y rumbo a casa.

Aún no me había dejado en mi portal y yo ya estaba imaginándome como sería nuestro siguiente encuentro. Tendríamos que hacer realidad eso de “pasar la noche”. ¿Cuándo coincidiremos de nuevo? ¿Me lo propondrá él? A unas malas, tendríamos que esperar dos semanas, para que yo descansase un domingo, ya que Mao los descansa todos, suertudo él.

Dos semanas. Bien. Aguanto. Aunque me va a costar. Una parte de mi quiere que todo suceda ya, porque soy un pelín impaciente, (y porque Mao me vuelve loca), pero otra, está sorprendida e ilusionada, por sentir, que por una vez, un chico quiere ir despacio conmigo, conocerme, a mí, como persona, mi interior. Es pensarlo y se me dibuja una sonrisa en la cara. Esto solo suele darse una vez cada… ¿4 años? Los planetas parecen haberse alineado y la luna debe estar en creciente. Porque esto en mí, no es normal y por lo que me cuentan mis amigas, en estos tiempos que corren, no se da, en general.

¿Alguna más siente que nació en el siglo equivocado? Tampoco es que busque yo un romance digno de admirar por todos, pero sí que se paren a conocerme un poquito y que tengan interés en saber los pequeños detalles que me hacen ser como soy, (y no solo por llevarme a la cama). Aunque luego se espanten por esos mismos detallitos. Llegados a ese punto, ya me las arreglaré como pueda, pero como hasta el momento ninguno se queda a descubrirlos… yo tranquila.

Vuelvo a Mao. Nos despedimos entre besos, como iba siendo costumbre, pero esta vez, en lugar de concretar nuestro primer encuentro, me sorprendió con un:

-“Hablamos”.

Que no cunda el pánico. Que no haya concretado próxima cita no quiere decir, que no vayamos a vernos pronto. Hemos pasado todo el día juntos, hemos estado bien y me ha dicho que le hubiese gustado pasar la noche conmigo. Que viene a ser lo mismo a decir que le ha sabido a poco el día. Según mi traducción y basándome única y exclusivamente en sus palabras. No he traducido los actos, esta vez, para no hacerme un lio, (más grande del que ya tengo). Todo esto, no os lo explico a vosotros. Me lo desmenuzo a mí. Necesito tener un poco de tranquilidad mental, para no volverme más loca. Le gusto. Me lo ha dicho. Relax. Dejemos pasar las horas.

Y las dejé pasar, pero tampoco mucho, porque me escribió al llegar a casa. Así se relaja una antes. Lo sé, soy un poquito intensa, pero a estas alturas no voy a justificarme. Cuando me gusta el chico, todo el drama sale a la luz.

He estado muy a gusto.

-Y yo. Hice bien en aceptar.

-Me alegro de que lo hicieras. Pero la próxima vez, con más tiempo.

-Hecho.

Dormí, con la misma sonrisa dibujada que el día que lo conocí. Me hacía estar feliz, incluso cuando no estaba. Pensarlo era suficiente.

A veces, tengo la necesidad de hacer un doble mortal mientras camino, y aterrizar dejándome las muñecas, por no dejarme las paletas, que para mí sería mucho peor. Y eso fue lo que me sucedió, un par de días después de mi encuentro con Mao. Sufrí un accidente laboral. Conmigo misma. Y contra el suelo. Nada grave. Más aparatoso que otra cosa. Pero acabé en urgencias y con un brazo vendado hasta el codo. En el trayecto al hospital, Mao me escribió y le conté que pasaba.

¿Quieres que vaya?

-No te preocupes. Seguro que esto va para largo y en realidad no es nada. (En realidad si quería que viniese y me abrazase. A mí y a mi torpeza).

No quiero que estés sola ahí.

-Mañana te levantas temprano. No vengas. Yo te aviso en cuanto me digan algo.

Y aquí si pensé en él. No le decía que no, queriendo decir que  sí viniese. Sabía que no tenía nada roto. Me he caído más veces de las que me gustaría, porque el día que se repartió la habilidad de ser ágil, yo estaba haciendo la cola, por segunda vez, en el mostrador de ser intenso. Tampoco había necesidad de que hiciese el esfuerzo de salir de casa, cuando ya estaba metido en la cama, presuntamente (esta es una de mis palabras favoritas, por si aún no lo habéis notado), para venir a esperar conmigo en una sala de urgencias. Aunque hubiese sido un detalle por su parte, que yo hubiera interpretado como amor eterno.

Salí de allí, con mi bracito vendado y calmantes para dormir a un hipopótamo e informé a Mao sobre mi diagnóstico.

Bueno, descansa y ya me contarás más tranquila como ha pasado todo.

-Claro, ya te cuento. Voy a dormir, que me duelen hasta las pestañas. Te mando un beso.

Me dormí sin leer la contestación de Mao. Los calmantes hicieron efecto más pronto que tarde, así que a la mañana siguiente, lo primero que hice al despertarme fue mirar mi teléfono. Esperanzada.

Mao no había leído lo último que le escribí. Bueno, quizá él también se había quedado dormido. Aún es temprano. Esperaré a que se despierte. Volví a dormirme, aun dolorida por la caída. Un par de horas después, volví a hacer el mismo ritual, pero ya había cambiado algo. Mao había leído mi mensaje. Doble check. Azul. Quizá se ha despertado con el tiempo justo para ir a trabajar y no ha tenido tiempo de contestarme. Démosle más tiempo. Y el tiempo pasó y Mao no dio señales de vida. Anoche no me leyó, sabiendo que venia del hospital, que me encontraba mal, hoy, que me lee, ¿no es capaz de sacar 1 minuto de su día, para preguntarme cómo estoy? ¿Qué está pasando? ¿Ha perdido el móvil? Sabría cómo localizarme. Solo tendría que venir a mi lugar de trabajo, o a mi casa. Pero no ha perdido el móvil, Mao está conectado y yo mantengo la esperanza de que sea ahora cuando, al fin, me pregunte como estoy. Pero no. No lo hace.

¿Por qué no le hablo yo? Cualquier otro día lo haría, pero joder, estoy mal, lo sabe y ¿no le preocupa? Ayer me quería acompañar al hospital, no quería que estuviese sola y ¿ahora desaparece? Entre lo dolorida que estoy por fuera y lo que empiezo a estarlo por dentro, doy el día por finalizado.

A la mañana siguiente, ya os lo podéis imaginar: miro el teléfono, esperando noticias de Mao y las hay señoras, las hay. Mao, el anti redes sociales, porque no le gusta mostrar cada paso que da al mundo, ha decidido publicar una foto en su estado de WhatsApp. Y yo, con mi ansiedad, no tardo ni media hora en entrar a verla.

Descripción de la estampa: foto de un atardecer en una playa.

Título: Relaxxxxxx

¿Qué cojo…?

No entiendo nada. Han pasado dos días. Sigue sin dar señales. Pero esta relajado. Me parece una tomadura de pelo. No sé qué broma macabra es esta o sí la caída le ha causado una amnesia postraumática a él en lugar de a mí. Lloro. Sí. Y no me avergüenza reconocerlo, porque a él no le avergüenza  ser “un mierda”. Perdón por la expresión, pero es que ese “relaxxxx” suyo hizo que saliese lo peor de mí. Y ¿qué hice? Nada. Sé que muchas no me vais a entender. Quizá ninguna. Menos Bea, que siempre me dice que cuando un chico no te habla es que no le interesas y en ese caso es mejor no hacer nada. Y eso hice. Nada. Podría no contestarme o no decirme la verdad o excusarse y yo creerlo. No hice nada por protegerme. Sabía que Mao me gustaba y mucho. Le había dado el poder de hacerme daño por ello. Me había abierto a él, había confiado y una vez más, él chico en cuestión, había desaparecido como por arte de magia. Sin explicación. Sin respuestas. ¿Tan difícil era preguntarme cómo estaba, ser cordial y decirme que no quería seguir conociéndome? Hubiese dolido, sí. Pero al menos no tendría este nudo en el estómago por no saber que hice mal. Porque para variar me culpo y me cuestiono. Cuando él está relax. Que suerte tienen algunos. Ni sienten ni padecen. Ya siento yo, por los dos.

Los días siguieron pasando. Él, siguió sin aparecer y yo, terminé de entender, que a Mao no le interesaba. Todas las palabras, los recuerdos… Simplemente eran eso, recuerdos.

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